domingo, 24 de agosto de 2014

#Jalóndeorejas

Desde hacía ya un tiempo y sin discutirlo siquiera, Constantino y yo, cada uno por su lado, fuimos dándonos cuenta de que, primero, esto de intentar enseñarle a hablar y escribir a la gente no tiene sentido; más porque se trata de resabios y añoranzas, o bien de determinados sonidos, grafemas y pronunciaciones que se quedaron grabados, que por una franca desidia o por aquello que me alegan ciertas personas, dedicadas algunas, por cierto, a la enseñanza del idioma en colegios y universidades de «es que loro viejo no aprende a hablar». Los loros no hablan y, sin afán de hacer menos a otras especies, el ser humano tiene un cerebro que, si se vacía de prejuicios y saberes equívocos, puede aprender lo que se proponga. O bueno, al menos unas normas básicas, porque ni la gramática es física cuántica, ni la ortografía es tan compleja como, no sé, la neurofisiología. 
Era arar en el mar. Lo es.
Sin embargo, y aquí viene lo segundo, había una molestia por parte de ambos, expresada en tuits, por la falta de respeto hacia el lector que nos tienen los medios «tradicionales» -y los no tanto- de comunicación. 
Fidel Cano Correa, hace unos años, creó la etiqueta #Jalóndeorejas para que así, los usuarios de Twitter le advirtiéramos sobre los errores ortográficos y gramaticales que viéramos en el periódico. Todavía hay gente candorosa y buena que insiste en ello, a pesar de que es rarísimo encontrar una sola nota, ¡una! que no tenga errores de todo tipo. Garrafales. Ya ni siquiera de tildes mal puestas, ni del muy señalado por el uso errado del término «burgomaestre» para referirse al pésimo alcalde que presuntamente gobierna a Bogotá; o «bizarro», que por su uso consuetudinario  (al que tarde o temprano cederá la Real Academia Española, como lo hizo con traumar y con antier), terminé por aceptar con su acepción francesa de raro, extraño, friki (ya aceptado, por cierto, en nuestra lengua). O estrambótico y aun polémico -término que, por cierto, se volvió un eufemismo blanqueador, un atenuante de delitos y de delincuentes. No, ya ni siquiera se trata de eso.
Hago un paréntesis. Ese abuso se extendió a otros países de habla hispana, y quisiera explicar que polémica viene del griego πολεμική, que traduce 'arte de la guerra'. Luego, extendido a la oratoria, pasó a ser controversia. Por definición, controversia es una discusión de opiniones opuestas, por lo que no tiene ningún sentido, ni siquiera en lo semántico, llamarle a un criminal, a un delincuente, a un desfalcador, polémico.
Hombre, sí. Volviendo a El Espectador, trato de entender sus infames decisiones editoriales para mantener abierto el único periódico que fuera serio en este país, seriedad que le costó la vida a su más célebre y eminente director, don Guillermo Cano. Entiendo que haya alianzas con conglomerados económicos y a su vez políticos (hoy en día eso es lo mismo) que los obliguen, con Caracol, a atenuar la gravedad de ciertos asuntos, porque los patrocinan y, en parte, porque son dueños y a su vez socios de los cacos y de tanta gente cuestionada. Eso, en todo caso, no vuelve a los Nule ningunos «polémicos empresarios», por ejemplo. Es más, ¿por qué los redactores o periodistas de ahora se dan el permiso de adjetivar y adjetivar y adjetivar? Ya, basta con decir Guido Nule, Uribe, etc., sin matices, que ya la gente sabe qué y quiénes son. ¿Polémicos? Si vamos al uso vernáculo y extendido, lo que se dice polémico, pues Maradona, y Madona y Michael Jackson y hasta la Negra Candela, que mostraban los calzones o ni se los ponían, se besaban con hombres y mujeres y salían a decir cualquier sandez, y ya. Controvertibles, sí, por supuesto; los otros son casos tipificados en el Código Penal. 
Saliendo de este paréntesis, voy a enlazar lo que ya fue 'la tapa', eso que vino a colmarme por completo la paciencia, que fue esta exclusiva de Semana.com.
Leer una nota así es como oír un disco rayado, que brinca, se devuelve y ¡no se deja oír! Ir a la ópera y encontrarse con que, como los mariachis que hay en Medellín, tienen todos los instrumentos desafinados y sopranos, barítonos y tenores no son más que tres merenderos de Envigado. No. 
Notas de semejante relevancia (y yo no pido que al pobre muchacho al que seguramente le pagan un muy mal sueldo lo echen, más bien enséñenle) no tienen excusa para ser publicadas de esa manera. Créanlo o no, en Colombia hay gente educada en estas cosas y, aunque no muy versada en el asunto, se puede desesperar con la redacción, la pésima puntuación, las conjugaciones infames del verbo haber, confundidas con el auxiliar y viceversa, más las minúsculas en apellidos y nombres propios.
No me voy a meter con los cada vez más absurdos contenidos de sus revistas, periódicos y portales. Como es evidente, tienen que pagarles a un montón de ¿redactores?, ¿periodistas? Para que así puedan funcionar sus páginas en Internet y, de paso, dar las exclusivas a las patadas, con el evidente afán de tener la chiva, sin calidad informativa ni de contenido. En lo absoluto. De ningún tipo.
Por cierto, ¿en dónde quedó la figura del Defensor del lector? ¿Qué se hizo? Carísimo ha de salirles cuando cuentan a qué olieron las medias de James después de su primer partido en el Real Madrid, cuántos centímetros aumentó la panza de Shakira en el Mundial, más todo el contenido que copian y traducen (mal) de Buzzfeed y hasta de 9Gag, ¿no? Ya ni hablar de exigirles que se aprendan el manual de estilo. ¿Aún los tienen o son solo libros de colección, editados por allá en los 80, cuando don Guillermo Cano se ocupaba y preocupaba por la forma y el fondo y la moral de este país? 
En fin. Seguirán con la payasada esa del #jalóndeorejas unos, y otros, mantendrán a sus pobres peones que, con tal de poder sobrevivir y comer, son capaces de poner en las hojas de vida que fueron maestros de español. Lo cual, me temo, puede ser cierto.  
Tan mal están los medios en Colombia que uno agradece que, por lo menos, pongan bien las comas, pero es que ni eso. 
Lo siento mucho, don Guillermo. Se hizo matar fue por nada, y en su lápida, cuando tenga con qué y cómo, mandaré a escribir, en molde de oro: aquí yace don Guillermo Cano, cuya muerte y asesinato fue en vano. Así, en verso chueco y bobo, como esos que ponen ahora en ese periodicucho que ni pa’ madurar bien los aguacates debe servir.















miércoles, 7 de agosto de 2013

Invitación a la humildad

La nuestra es una época en que oímos un lamento de preocupación generalizado por la decadencia o incluso el fin de la cultura, de la música clásica, de la literatura, de la correspondencia, de la moral y de la buena ortografía, entre muchas otras cosas, que ponen en duda las ideas occidentales de progreso. Añorar un regreso a otros tiempos menos electrónicos y más bucólicos se ha convertido en uno de los lugares comunes más persistentes del intelectual moderno. La nostalgia por un pasado mejor (que, admitámoslo, nunca ocurrió) se manifiesta en paradojas perezosas sobre el avance de la civilización, en críticas ignorantes al afán científico, y, sobre todo, en discursos apocalípticos que avivan la indignación con eslóganes que se hacen pasar por ideas a pesar de entrañar una simpleza espantosa: “la gente ya no lee”, “ya no se hace buena música”, “solo se escucha música comercial”, “ya nadie tiene buena ortografía”, “los jóvenes de hoy en día (insertar queja ridícula)”... en definitiva, un conjunto de lecturas de la realidad cuya torpeza contribuye al problema trivial que se quiere combatir.

En varios artículos daré respuesta al lamento del intelectual nostálgico que desafortunadamente hace eco en un público pretencioso y clasista, un público aficionado a pensar que los demás no tienen ningún interés por la cultura. Hablaré de ciencia, cultura, artes, moral y lenguaje. Hoy hablaré del lenguaje.

Nuestras ideas y conversaciones cotidianas están llenas de errores, imprecisiones y prejuicios suficientemente vergonzosos. Creemos saber cómo funciona el mundo, tenemos más certezas que dudas. Y, con todo, cuando nos equivocamos aun en asuntos delicados nadie nos corrige con dureza. Despachamos la complejidad del mundo físico, de los intrincados procesos químicos y biológicos que ocurren a nuestro alrededor, con sabiduría popular, creencias prácticas y simplificaciones que serían inadmisibles en un entorno científico. Esto, aparte de ser inevitable, no es algo realmente grave; en un mundo utópico (es decir, en otro lugar, y aun espantoso en la posibilidad) todos conoceríamos los fundamentos de las ciencias y las artes; en este mundo no, y no importa. A pesar de todo, hay una disciplina que cuenta con pocos expertos, aun cuando eso no impide que un buen número de personas se tomen la molestia de corregir a los demás tan pronto como cometen un error.

Me refiero a la gramática. Es una de esas disciplinas en que todos se corrigen entre sí, en muchas ocasiones con grosería, a pesar de que, también, en muchas ocasiones no hay ningún error, quien corrige comete errores argumentativos o de fondo al corregir, o (en casi todos los casos) el error no es grave y no amerita tanto desgaste, tanta vehemencia. A la hora de corregir errores ajenos, los sabihondos de la gramática parecen hablar más de tradiciones y modales que de una ciencia; es como si conjugar mal un verbo fuese equivalente a hacer sonidos desagradables al comer, y no una imprecisión semejante a una operación matemática mal ejecutada.

Por ejemplo, incontables personas corrigen a otras cuando dicen “vaso de agua”, pese a que es correcto, y proponen con un argumento descabellado la frase “vaso con agua”. Siguen una lógica limitada según la cual la preposición de solo se usa para aludir al material de que está hecho algo. “El vaso no está hecho de agua”, dicen. Aplicando los mismos límites a la preposición con, dicen que esta sirve para expresar el contenido de un objeto (ignorando que no se usa cuando el objeto o recipiente está lleno de la sustancia nombrada). Algunos despistados corrigen la ausencia de tildes que por norma de acentuación no deben ir en ciertas palabras, como dio, vio, fue, ti, fe; la tilde en la o disyuntiva entre números, que es obsoleta (se escribía 2 ó 3); y, desde hace un par de años, algunos se aferran con nostalgia a tildes ya eliminadas, tildes que nunca debieron usarse, como las de los pronombres demostrativos (ese, este, aquel y sus variantes femeninas y plurales) y el adverbio solo. Muchas personas cultas y formadas, entre ellas Arturo Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española, mantienen ciertas tildes obsoletas, valiéndose de toda clase de argumentos que no tienen nada que ver con la morfología del español, sino que obedecen, por regla general, a un apego caprichoso a reglas anticuadas.

Y así llegamos al núcleo del asunto. Los errores gramaticales de personas cultas, la soberbia que suelen demostrar en sus correcciones, y el sesgo que aplican al pensar que casi nadie sabe expresarse bien, que la buena ortografía es cosa del pasado. Empecemos por la soberbia. A menos que se trate de una discusión etimológica erudita o una disputa sobre cuestiones del lenguaje realmente difíciles (morfología, irregularidades, parentescos lingüísticos, etc.), las correcciones cotidianas son muy simples. Tal palabra lleva tilde, aquella se escribe con zeta, aquel verbo se conjuga de este modo... ningún conocimiento humano es tan profundo para que su posesión justifique la soberbia ante quienes lo ignoran. Mucho menos cuando se trata de asuntos elementales como el si una palabra lleva ese o zeta, algo de fácil memorización. De ahí que la soberbia de quien corrige un error gramatical sea aun peor que la de quien corrige un error en materia científica o artística.

En las redes sociales vemos esta clase de soberbia en sus manifestaciones más absurdas. En Twitter, en una cuenta que en apariencia se dedica a enseñar ortografía, no se hace más que hablar de errores triviales, cometerlos, y divulgar filosofía barata de superación personal. Veamos este ejemplo:


Aquí hay un error muy frecuente en toda clase de hablantes del español: una desarmonía de número al incluirse o incluir a alguien en un conjunto de elementos que realizan una acción. Como el conjunto es plural, el verbo debe ir en plural también, así: “soy de esos que saben la diferencia entre hay, ahí y ay”. Como vemos, quien maneja esta cuenta se siente muy orgulloso de entender una diferencia gramatical trivial; en otro tuit dice pertenecer al 5% de hablantes (en realidad deben de ser muchos más) que conocen dicha diferencia. ¡Tremendo logro! Debemos felicitarlo, aunque su conocimiento no va muy lejos, pues, repito, cometió un error básico. Es hermoso ver al petulante cometer un error mientras corrige con desprecio errores ajenos o se jacta de saber algo elemental.

Otro error común entre hablantes cultos es la discordancia de número “cuando el pronombre átono de dativo concurre en la oración con el complemento indirecto preposicional”, usando el pronombre singular le en vez del plural les. Así describe el error la Real Academia Española. Es evidente que sus explicaciones están destinadas a un lector hábil con la gramática; de ahí que el asunto no quede muy claro solo con la descripción. En otras palabras, el error (conocido como “lesfobia”, por usar le en lugar de les) se da sobre todo cuando un sujeto singular realiza una acción que recae sobre un sujeto plural. Por ejemplo: casi todos dicen yo le di la plata a mis hermanos, en vez de yo les di la plata... (Pues hermanos es plural); o dígale a sus papás que le den permiso, en vez de dígales a sus papás... Y también échele agua a las matas, en lugar de écheles agua a las matas. Este error se halla tan difundido que hoy por hoy es muy difícil encontrar a alguien que no lo cometa.

Un último error que pasa desapercibido es el uso de adverbios de lugar con el posesivo tónico de los sustantivos para establecer un punto de referencia y la ubicación de una persona u objeto respecto de dicho punto. Esto queda aclarado con ejemplos. A menudo oímos decir hazte encima mío, la fila sigue detrás suyo. El error está en confundir la partícula de complemento preposicional del adverbio con la del complemento de posesión del sustantivo, que en estos casos son idénticas. El “de mí” en la frase encima de mí no significa que encima sea algo tangible ni que me pertenezca. Lo mismo aplica para el “de mí” en la frase detrás de mí. Por lo tanto, no se deben usar los posesivos (mío, tuyo, suyo, etc.) puesto que, aunque son idénticos en las frases modelo, no significan lo mismo. Las formas correctas son, entonces: encima de mí, detrás de mí, al frente de mí, debajo de mí, etc. Algunas construcciones sí admiten el posesivo átono antepuesto y por lo tanto como complemento: alrededor de mí = a mi alrededor = alrededor mío; al lado de ti = a tu lado = al lado tuyo.

Hay muchos errores simples de amplia difusión, incluso entre hablantes cultos. Nadie está exento de cometerlos. Haber leído obras clásicas no nos garantiza un conocimiento gramatical profundo. Sin embargo, eso no importa; es irrelevante, los errores gramaticales son triviales comparados con la cantidad de disparates que pensamos y comentamos sobre ciencias (por ejemplo, quienes no somos científicos), arte, condición humana, etc. No vale la pena armar un alboroto por una tilde o un verbo mal conjugado. A lo mejor quien corrige también comete varios errores, y puede tener la mala suerte de aquel usuario de Twitter, @0RTOGRAFIA, de cometer errores justo cuando se jacta con elitismo y clasismo de saber algo que le parece grandioso (y que en realidad es elemental). Por eso hago aquí una invitación a la humildad. Si usted sabe gramática, y tiene algo que enseñar, procure hacerlo con bonhomía; si le parece indispensable corregir errores ajenos, hágalo con gracia, con amabilidad, y, preferiblemente, en privado. Y recuerde, de paso, la cantidad de cosas que ignora en muchas otras áreas del conocimiento.

martes, 4 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre el purismo



Los mejores hablantes de una lengua suelen dominar algunas de las lenguas que están emparentadas con la suya. Algunos gramáticos del español estudian con esmero el latín, ya que su estructura nos aclara cuestiones relevantes en nuestro idioma. Como, por ejemplo, el porqué de los superlativos irregulares (en un ensayo previo traté esta cuestión, explicando que el superlativo de célebre es celebérrimo porque en latín se dice celeber; el de acre –acer– es acérrimo; el de bueno –bonus– es bonísimo; etc.). Pero no basta con educarse en las lenguas sabias; también las modernas han influido vigorosamente en nuestro idioma, imponiendo, prestando y cediéndonos palabras y expresiones que se han vuelto de uso común.

Para hablar español con pulcritud conviene saber algo de inglés, francés, italiano y portugués; no estaría de más ser entendido en latín y griego antiguo, así como en lenguas semíticas. Pero no cabe duda de que el inglés es el idioma que más peso impone hoy sobre los demás, el español inclusive. Está presente adondequiera que vayamos. De ahí que saber leerlo, escribirlo y pronunciarlo nos dé una ventaja comunicativa de la que se ven privados quienes creen que el purismo consiste en celar obstinadamente la lengua propia y mantenerla intacta del influjo externo.

Me refiero al purismo trasnochado de la Real Academia Española, que evita y demora la inclusión de extranjerismos, o los adapta de forma tan tosca que sería preferible no tener palabras para expresar ciertas ideas. El Diccionario de la RAE muestra adaptaciones tan grotescas como güisqui (whisky), gánster (gangster) –¿adónde fue la g?– y bisté (beefsteak). Semejantes esperpentos se deben a la ineptitud fonética de la mayoría de hablantes hispanos, en particular los de la península ibérica, ineptitud que la RAE parece defender y exhibir sin pudor, casi orgullosamente. La pronunciación de dichos anglicismos dista muchísimo de su pronunciación verdadera en inglés, cosa que parece no preocupar a los eruditos de la RAE.

Tenemos además la pronunciación idéntica de la b y la v, ratificada en la Ortografía de la RAE y defendida hace poco sin el menor asomo de erubescencia por Fernando Ávila. Pareciese que a los inútiles hispanohablantes nos costara mucho esfuerzo unir los dientes superiores al labio inferior para darle a la v el sonido que franceses, ingleses e italianos pueden darle sin problema, así como se lo dan los alemanes a la letra w. Eso es inaudito. Se defiende la pereza fonética y se evita a toda costa que el hablante hispano se atreva a pronunciar correctamente las palabras de otros idiomas. En esto nos aventajan los angloparlantes, que pronuncian bien palabras como pizza (con la zeta fuerte italiana que semeja al sonido ts), nazi (con la zeta alemana, ídem) y ballet (dejando la te muda, como en francés) y que respetan por regla general la acentuación de otros extranjerismos, en especial los franceses: pâté de foie gras, à la carte, vis à vis, etc.

Los italianos son más abiertos y liberales al dejar que el inglés entre en su cultura. Llaman sport al deporte, jogging al trote, computer al computador, hot dog al perro caliente y weekend al fin de semana. Nadie diría cane caldo; muy pocos dicen fine settimana... En conclusión, saber pronunciar la v con el concurso de los dientes superiores nos prepara para el aprendizaje de otras lenguas que son parientes del español; de igual modo, respetar la pronunciación de ciertos sonidos elementales de otras lenguas (sh, w, z, th en inglés; z, consonantes dobles y gli en italiano; v, w, ö, r, y s seguida de consonante en alemán; r y las múltiples vocales en el francés) le da una estética suprema a nuestro español y nos pone a salvo de la ramplonería infeliz que la RAE y ciertos gramáticos incompetentes llaman purismo. El auténtico purismo no se limita al dominio de la lengua materna, actitud digna de un petimetre sin ambiciones intelectuales. Al contrario, exhibe el esmero por tratar a las demás lenguas como si fuesen propias, con respeto y admiración, buscando siempre pronunciarlas y escribirlas con buen gusto, genialidad y encanto.

Más burda, pero más infrecuente también, es la castellanización de nombres propios. En La experiencia literaria, p. 131, Alfonso Reyes denuncia la simpleza con que Quevedo llamaba Miguel de la Montaña a Michel de Montaigne; con una delicadeza estética infinitamente menor, Baltasar Gracián (que apodó a las claras estrellas de oriente gallinas de los campos celestiales) llamó a John Barclay El Barclayo y al Louvre La Lobera –al vituperio de Reyes podemos agregar el cambio de Pierre Mathieu por el horrisonante Pedro Mateo (cf. Criticón, P. III, Crisis 12, p. 376). Jorge Luis Borges, que sentía un desdén justificadamente similar por esas adaptaciones grotescas, bromeaba sobre el uso de vikingo en lugar de la voz inglesa viking en el diccionario de la Academia. En el futuro (decía Borges) no se hablaría del nobel de literatura Rudyard Kipling sino de Kiplingo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Propuesta

Definitivamente las personas, por más acceso a la red que haya, solo leen lo que está en los diarios y hacen caso a lo que está allí. A los de gran circulación, por supuesto. 
No me quejo por el número de lectores que ahora tengo en comparación con los que tenía cuando escribía en El Tiempo. Me quejo porque es nocivo y dañino, porque si bien todos tienen un columnista de gazaperas, los demás, casi sin excepción, cometen errores garrafales, y ni qué decir de los que llaman «cargaladrillos» (redactores o corresponsales), sus propios editores, directores, etc. A estos es a quienes hay que corregir.
No llegar con soberbia y prepotencia tomándoles fotos a los anuncios que ponen campesinos y mecánicos en las entradas de sus fincas o negocios e irse lanza en ristre con burlas y fotos por sus maneras de conjugar los verbos o sus errores ortográficos. En muchos de los casos son arcaísmos, y en otros, no son más que el producto de una pésima educación que se replica en prensa y televisión. Así, vi a una profesora reprender a una alumna que escribió heroico, sin tilde (como debe ser, ya que esta palabra tiene tres sílabas, tiene un diptongo y termina en vocal) y le rebajó 0,5 en su nota. 
Contra esos, contra los doctos, contra los que se dicen sabios, tenemos que «luchar», mas no con los que viven de otros oficios y, emocionados, llegan con su letrero de "vienbenida" para el político que los visita. O sí, sí. De haber tiempo, ayudarles a hacer otro cartel, pero si no, no tomarle foto para humillarlos y subirlos a la red. 
¡Tómenles fotos a los errores de los diarios -tantas veces señalados aquí! ¿Qué gracia? Del mismo modo coger los cuadernos de los niños con sus preciosos errores y trabas, que es tan cruel, que es tan lo mismo. Pero, eso sí, no estén por ahí copiando los errores que uno ve cada vez que abre un portal noticioso o aun cultural porque entonces tendrían que autorretratar sus trabajos universitarios, tuits, estados de Facebook, columnas de opinión, blogs, tabletas, qué sé yo. Y hasta esta página y la de la Real Academia Española, también con sus tuits y los del Instituto Cervantes, que dicen una cosa sobre cifras y las escriben de otra, o bien sacan una nueva Ortografía y no la aplican con los prefijos que dictan, y así. Por ejemplo, sigue la RAE sin revisar siquiera su definición de fetiche.
Lo demás es clasismo puro y se ve mal. Ya no diré que en mi opinión, porque es lo que es. Qué lindos todos, corrigiendo al campesino, al obrero, al carpintero, al mecánico, al ebanista, que no al profesor, al escritor, al académico, al columnista. ¿Para eso leen sobre lo muy poco que se escribe en la gran prensa sobre la ortografía y la gramática? ¡Cuánta fatuidad!

domingo, 14 de octubre de 2012

Breves consejos rudimentarios

• Recuerdo que aún era párvula cuando me recitaban "erre con erre cigarro, erre con erre barril. Rápido ruedan los carros cargados de azúcar al ferrocarril". Siempre suena la erre como una erre y no como ere. Ere es, por ejemplo, como suena cuando uno dice preescolar o tratado. Tarado. Así. 
De manera que no entiendo, dado el auge de la ciclovía y la bicicleta, eso de que todos anden ecológicos usándolas, por qué, si suena erre, escriben cicloruta. Suena como ciclo bruta, más que ciclo ruta. 
Para que suene, recuerde, entre vocales debe haber siempre dos erres o eres. Es decir, la letra esta r en su sonido suave. Ciclorruta y contrarrevolucionario, compañero. Un carro siempre será caro pero nunca significarán lo mismo. Carro es un, como usted sabe, automotor, entre otras cosas. Carro es sustantivo. Caro es adjetivo siempre, salvo en algunos casos, cuando es apellido. No sé, es el único ejemplo que se me viene a la mente por ahora, mientras escribo. Así, sabrá que tal y como suena debe escribirse siempre, aunque se trate de una palabra novísima o incluso inventada por usted mismo. Grábese, por favor, eso que me recitaban a mí de niña, y además, recuerde -se lo repito- que para que suene erre entre vocales debe ir doble, como en la mismísima letra en su modo de fonema vibrante. Sé que parecerá tonto este consejo, pero es bien común encontrarlo en medios de comunicación colombianos impresos, independientes, por internet y gubernamentales. Los periodistas que lean esta columna sabrán muy bien a cuáles de ellos me refiero.


• Ahora bien, yo tampoco lo sabía, pero gracias a Constantino vine a enterarme de que en español, nunca una pe será antecedida por una ene. No es algo poco común, ¿saben? Uno está acostumbrado a leer esa revista El Malpensante, cuyos partícipes son, todos, biempensantes, pero escriben "bienpensantes", "cienpiés". Biempensantes, ciempiés, Juampa...

•  Con respecto a las tildes, pensé que había ya enseñado todo lo que sabía, pero no. Alguien me preguntó el porqué de la tilde en palabras como bíceps, fórceps, cómics si, a pesar de ser graves y terminadas en ese, deben llevar tilde. Esto se debe a que, según lo establecen las normas ortográficas, las palabras terminadas en más de una consonante (así esta sea ese o ene) como las citadas, deben llevar tilde y seguir las mismas normas de acentuación que las demás. Por eso, el plural de robot, que es aguda, es robots y no robóts; el de tictac es tictacs...

viernes, 21 de septiembre de 2012

El síndrome del Quijote

Dice el Diccionario Panhispánico de Dudas que la forma culta, la que aconseja, la que recomienda -¡si bien la otra manera también es válida, que por su uso!- es la de preguntar qué hora es y no qué horas son. Preguntar, salvo que se trate de recriminarle al muchachito que no llegó a las doce sino a las cuatro de la mañana "¿qué son estas horas de llegar?", que también es pregunta, pero retórica. Normalmente no responderá, borracho y asustado, que las cuatro, mamá, ¿no ves el reloj?
Ahí explican que esto se debe a que la hora es un momento del día, así solamente la una (de la mañana o de la tarde) sea singular. (¡Por favor!, ya que estamos en esto, procure ser concordante y no salir con que son la una en punto. Ahí tiene que decir que es, no que son, y ya las siguientes siempre serán, así: son las cuatro, son las diez, etc.)
Finalmente, como se enredan y fracasan, terminan por decir que ustedes hablan como les entiendan o como les dé la gana, razón que de sobra da cuenta de mi síndrome del Quijote, un mal que pienso presentarles a los psicoanalistas y profesionales de la salud mental, pues consiste en una especie de sadomasoquismo cuyo goce está en enseñar cosas que se saben inútiles y en aprender las que lo son todavía más. O, lo que es peor, salen con andanadas así, un autoproclamado gramático autodidacto hilarante y delirante. Este síndrome, además, solo sería aplicable a los gramáticos de nuestra lengua, misma en la que se escribió el libro y única que tiene Academia, que además es centenaria y real, a la cual ni sus mismos académicos de número obedecen y que acepta normas opuestas a las que dicta. O quizá este desorden ya esté por ahí escrito y describan a un pobre enfermo, muy rebelde, que tiene que agachar la cabeza y hacer apostasía de su credo político y religioso cuando debe aceptar que sí, que no tiene remedio, que obedece a la RAE y acepta que haya un ente que le dicte y le diga y le enseñe cómo tiene que escribir y cómo debe hablar. 
Bueno, volviendo a lo de las horas, plurales, singulares, concordancias y demás, también puedo recomendar que digan como decía mi primera nana, Mincha, y así no tendrá pierde porque se equivoca y acierta, por lo que empata: ¿qué horas son serán? 
Yo como que ya no me atrevo a hablar de redundancias porque siempre me salen con que son necesarias. No solo Jaime Ruiz, como pudieron ver, alega que decir funcionario público es correcto; también me lo dicen periodistas y escritores, la prensa lo utiliza como máxima norma; y el abuso al erario, que no solamente es robarlo, sino escribir, después, público.  Viene a cuento desternillar, que significa reírse mucho, y aun escriben desternillarse de la risa personas que uno considera serias y dignas de respeto. Yo los entiendo, no son obsesivos, no están diagnosticados como yo. Sin embargo, hay una, de todas la peor, que es mas sin embargo o pero mas sin embargo. Ellos, que nunca escribirían estos últimos señalados, alegan que los otros pleonasmos son necesarios. Vaya. 

martes, 28 de agosto de 2012

Respuesta a Ricardo Silva


Ningún escritor en formación puede perderse los 10 consejos para escribir buenas historias, de Ricardo Silva. Ávido como suele estarlo de palabras de aliento, el escritor en ciernes dará la bienvenida al decálogo de Silva, un conjunto de máximas completamente condescendientes con el lector, sin burlas, sin desafíos, sin ironía. Son justo lo que un individuo dócil y timorato quisiera leer. Escritas en la voz de un profesor de escuela que repite sin tregua lo que él haría en nuestro lugar (“yo, de ser usted...”), las diez máximas parecen destinadas a una cartilla escolar.

“Yo, de ser usted, no corregiría lo que hasta ahora estoy escribiendo (...) porque cuando se revisa lo escrito mucho antes de ser terminado suele correrse el riesgo de llegar a la conclusión de que se está haciendo basura”, dice el primer consejo de la cartilla. Basura que, agrega después, “puede salvarse en la corrección, en la edición”. Esto no puede ser más que un chiste siniestro a costa de los malos escritores. O, peor aún, un truco pusilánime para ganarse el aplauso de aquellos que, escasos de talento, pero no de orgullo, quieren mantener viva la esperanza en un futuro literario. Da pena, en todo caso, la tibieza de ánimo que impide a Silva tener un poco de exigencia con el aspirante a escritor.

Pope opinaba (Dunciad, I, 11) que para distinguir a los buenos escritores es necesario disuadir a los malos de sus ambiciones literarias. Silva hace todo lo contrario: les pide que no abandonen su basura hasta terminarla, pues así tendrán por lo menos un relato de principio a fin. Bonita invitación a la mediocridad.

El tercer consejo repite la fórmula escuelera: “yo, de ser usted, no escribiría nada profundo, no encararía los temas trascendentales...”; ese es el mismo consejo que daba Rilke a su amigo Kappus (Cartas a un joven poeta, I, 12) al pedirle que huyera de los grandes temas y escogiera lo que la cotidianidad ofrece. Grandioso consejo, sin duda, pero ajeno. Y no está mal que sea ajeno, excepto por el hecho de que forma parte del diagnóstico para un joven poeta (Kappus), su destinatario genuino. Pero no es para todo aspirante a escritor. Los temas trascendentales han estado y están al alcance de innumerables escritores maduros.

Ninguno de los consejos es, a decir verdad, adecuado ni objetivo; ni siquiera necesario. Por ejemplo, el sexto recomienda escribir en la lengua propia, y, más aún, en el habla local. ¿Por qué no nos sorprende esta invitación al menor esfuerzo, a lo trivial, a lo sencillo? Sería refrescante el desafío a escribir en otro idioma, un desafío que se impusieron prosistas de primera categoría como Casanova, que escribió en francés; Schopenhauer, que dejó tratados científicos y filosóficos en latín; y Cioran, que renunció al rumano para pulir trabajosamente sus obras en la lengua francesa.

Podemos obviar los demás consejos para llegar al mejor, al décimo. Después de fatigarnos con una colección de lugares comunes carentes de inspiración, que no incitan, no desafían ni asombran, Silva nos invita a hacer nuestras propias reglas. “Que cada quién (sic) haga lo que le dé la gana”. Ese consejo es genial, pero su genialidad se ve opacada por su ubicación negligente. Habría sido más decente ponerlo de primero y así evitarnos esa prescindible cartilla de escuela, catálogo bonachón que no tiene mucho por aportarle a aquel que quiere escribir “buenas historias”.

Pero Ricardo Silva no es del todo culpable. Sus consejos no son, al parecer, deliberadamente pobres. Cualquier consejo sincero en la disciplina literaria está condenado a ser como mínimo inútil, o, en el mejor de los casos, contraproducente. Silva fue muy lejos, con excesiva vanidad, al postularse como modelo de escritor de “buenas historias”. No vio lo irónico de repetir, tan fastidiosamente, lo que él haría si él fuera usted o yo: buscar que los escritores reproduzcan la misma fórmula hueca, siendo todos ellos, de algún modo, Ricardo Silva. Nada de variedad, nada nuevo. Por fortuna él es él, usted es usted, y yo soy yo.

Los escritores no necesitan consejos, ni mucho menos. Tampoco deben imitar una fórmula que parece exitosa. Es ejemplar el caso de Charlie Mears, joven poetastro que figura en El cuento más hermoso del mundo, de Kipling. Un joven que, afanado por aprender a escribir, busca sin descanso el don secreto de la literatura copiando a otros poetas, sin darse cuenta de que él ya tiene en su memoria tramas esenciales que valen más que cualquier poesía. Y eso es lo que los escritores y todos los demás necesitamos: una trama, no para escribirla, sino para vivirla. A menudo olvidamos que la materia prima de la literatura no es el estilo, ni está en el método ni en el decálogo, ni mucho menos en otros libros; la materia prima de la literatura es la vida. Cualquier experiencia profunda es más profunda que un libro. Y, una vez vivida, importa muy poco si llegamos a escribirla.

Bertrand Russell recomendaba hacer el intento de no escribir, y en cambio salir al mundo para colmarse de nuevas experiencias (La conquista de la felicidad, 25). Es lo más sensato. Para escribir buenas historias hay que vivirlas primero. El método es lo de menos. No olvidemos que la literatura es una profanación de la vida, un esfuerzo –pocas veces afortunado– por atajar lo inatajable. Un empeño donde todo consejo es inútil. Si algo debemos ofrecerles a los escritores en formación, en vez de consejos, son nuestras más sinceras condolencias.