jueves, 13 de enero de 2022

Los errores



Escribí este texto para mi newsletter de LinkedIn, intitulado Anticonsejos de escritura. Sin embargo, lo hice para Estefanía, que es mi amiga correctora, la que me enseña y me explica, la que además ha sabido conocer a las personas mediante sus errores.

Y como desde hace tiempo le prometí que iba a escribir en Prole, es más que pertinente traerlo a este blog, que a tantos nos ha enseñado a no cometer ciertos errores, a avanzar en ese trabajo perpetuo de la corrección.

Aquí va:




No hay ningún escritor que no cometa errores. No hay libros que no necesiten una siguiente corrección, incluso si pasaron por el mejor corrector de estilo. Todos erramos en la lengua. Hasta en el DRAE hay errores. La lengua correcta es un anhelo en el que aprendemos

En cada regla de la lengua hay un saber implícito que incluye historias y geografías, pueblos y viajes. Es el testimonio de un cambio mayor que nosotros. Es parte de la memoria que constituye el gran presupuesto de nuestro pensamiento. Al aprender en el español, en su gramática y sus significados, en sus reglas, afirmamos que no somos indiferentes a todos los que lo han hablado, que incluimos el pasado tanto como el presente que está transformando la lengua.

Y digo «en» porque la lengua es el objeto de aprendizaje, lo que está ante nosotros, pero también su lugar, lo que nos relaciona como sujetos con ella misma como objeto. La búsqueda incesante de la corrección, que es la actividad dominante al escribir, es una muestra de respeto y amor por el tiempo que llevamos con nosotros.

Pero no solo las reglas y el «buen uso» nos enseñan lo que somos. También los errores. No hablan de nuestros defectos o de lo que debemos mejorar, como podría creerse. Tampoco nos enseñan para «no volver a cometerlos». Como dijo hace años un amigo, a propósito de la tontería esa de que está condenado a repetir su historia quien no la conoce, lo único que se aprende de los errores es a cometerlos mejor.

Tal vez lo de cometerlos mejor pueda significar cometerlos con más atención. Los errores son signos de lo que ocurre en nosotros. No deben corregirse con afán. Cuando nos encontremos uno en un texto, deberíamos detenernos a pensar por qué está ahí: qué dice de nosotros, qué pasaba cuando escribíamos, a qué otro pensamiento le estábamos poniendo atención. Los correctores de estilo son muy veloces en hundir la tecla para borrar.

Pero los errores no son, como se ha creído tradicionalmente, el testimonio de un defecto, esto es, de una falta o una insuficiencia. En una tradición medieval, Descartes definía el error como el desajuste entre un entendimiento finito y una voluntad infinita; es decir, como el resultado de que queramos hacer —o saber, y aquí no debería haber mucha diferencia, visto que el conocimiento está orientado a la acción— más de lo que sabemos (hacer). El error quedaba del lado de la ignorancia, pero, por la misma razón de este argumento, del lado del deseo como nuestra forma de la infinitud. Por ello mismo, en la voluntad infinita quedaba el pensamiento puro, el que no sirve para teorizar el mundo, pero sí para movernos en él y llevar a cabo nuestros actos.

Cuando es libre y no se ciñe a otros modelos, como el del conocimiento, el pensamiento no es otra cosa que deseo.

Los errores en la escritura nos dicen también qué queremos. He observado en mí y en mis allegados algunos errores que me han enseñado tanto como sus correcciones.

Es frecuente la falta de concordancia de número. Esto significa que se pone el verbo en singular aunque el sujeto esté en plural, o viceversa. Hace días, en otro blog, escribí esto: «Y es esa esperanza del otro en nosotros mismos, o del otro que oímos hablar como nosotros, la que forma la suma ciencia y el amor primero». Debía ser «forman», pues lo hacen la suma ciencia y el amor primero. Bastaría poner una ene, pero lo he dejado así en el blog porque me ha hecho reflexionar.

Este error se debe a la inversión del orden habitual de la oración. Casi siempre está el sujeto al principio. Luego sigue el verbo. Después van los complementos directos e indirectos (y en otra entrada puedo explicarles qué son a los que no lo sepan, pero también pueden buscar en Google). Los complementos circunstanciales sí pueden ir en otros lugares. Aquí es al contrario. Primero va el complemento directo («esa esperanza del otro en nosotros mismos»). Después va un inciso que dilata la oración pero no altera la estructura («o del otro que oímos hablar como nosotros»). Le sigue el verbo principal («forma»), complementado por un «la que», puesto que había puesto un «es» antes de «esa esperanza». Y al final sí está el sujeto de la oración: la suma ciencia y el amor primero, esto es, Dios.

En este error hay un deseo de hacer que el objeto del verbo sea sujeto. Por eso el verbo queda en singular: es como si el sujeto fuera la esperanza. Esta es la esencia de lo que llamamos animismo, que consiste en darles almas —o sea subjetividades— a las cosas. El politeísmo participa del mismo misterio: los que en el lenguaje ocupan el lugar de objetos, en el mundo son sujetos o dioses. Pero nuestra modernidad, esa que empezó Descartes y para la que el error es tan atractivo como peligroso, ha dividido la lengua y el mundo entre sujetos y objetos, no entre sujetos y sujetos.

A pesar de la modernidad, hacer del objeto un sujeto sigue siendo el presentimiento poético por excelencia: no solo que una cosa puede ser otra, sino que todo cuanto es habla y actúa, no solo padece a un verbo. En este error tan frecuente se cifra la atención: cuando miramos de cerca, nada es solo una cosa, sino un susurro, un silencio largo, una mirada paciente. Y en el fondo este error explica la fe. Aunque no todo sea Dios, sí se le puede descubrir en cada cosa, expresado en todo cuanto es, plural como la ciencia y el amor, singular como la esperanza. La esperanza podría también ser la que forma la suma ciencia y el amor primero. El error me enseña un sentido que no había pensado.

Hay quizás también un deseo de equilibrio, una idea de justicia: sobre lo singular debe actuar lo singular; sobre lo plural, lo plural. El verbo debería ser el centro de una simetría. Pero la lengua, al pedirme concordancia en esa oración, me enseña también otro misterio de la fe: lo uno puede desmultiplicarse (como dijo hace años mi profesor Adolfo Chaparro) y variar. Ese es el secreto de la creación del mundo: que de lo uno surgiera lo múltiple, que es lo que repetimos cuando a un sujeto singular le corresponde un complemento directo plural. Pero es también el secreto de la salvación: que lo múltiple —o sea un sujeto plural como el de mi oración— se reúna al final —o al principio, si se invierte la estructura— en lo uno —o sea un complemento u objeto singular—. Es la esperanza.

Quería comentar más errores, pero ya he escrito mucho. Solo comento brevemente otro. Es común usar el adverbio «donde» para designar realidades temporales o ideales. Según el significado y la regla esta palabra, «donde» debe usarse para lugares o espacios. Muchas veces debe decirse «en el que» y no «donde». El «en» precede a la materialización de un lugar. Pero, cuando usamos el «donde» para hablar de lo que no es un lugar, expresamos nuestra intención de hacerlo tal: de estar en él y habitarlo, de hacerlo nuestro lugar.

Termino de escribir esta entrada para irme a comprar regalos navideños de última ahora. Nótese que al decir «irme» y no «ir», al poner una palabra reflexiva en un verbo que no debería llevarla, al usar el pronombre enclítico (esto también lo pueden buscar en Google), sugiero que comprarles regalos a otros es comprármelos. De igual manera, corregir a otros es siempre corregirse a sí mismo. El otro somos nosotros. El objeto es sujeto.

Amemos nuestros errores como ellos nos aman a nosotros.

Estefanía (otros dirán que es Descartes)