miércoles, 7 de agosto de 2013

Invitación a la humildad

La nuestra es una época en que oímos un lamento de preocupación generalizado por la decadencia o incluso el fin de la cultura, de la música clásica, de la literatura, de la correspondencia, de la moral y de la buena ortografía, entre muchas otras cosas, que ponen en duda las ideas occidentales de progreso. Añorar un regreso a otros tiempos menos electrónicos y más bucólicos se ha convertido en uno de los lugares comunes más persistentes del intelectual moderno. La nostalgia por un pasado mejor (que, admitámoslo, nunca ocurrió) se manifiesta en paradojas perezosas sobre el avance de la civilización, en críticas ignorantes al afán científico, y, sobre todo, en discursos apocalípticos que avivan la indignación con eslóganes que se hacen pasar por ideas a pesar de entrañar una simpleza espantosa: “la gente ya no lee”, “ya no se hace buena música”, “solo se escucha música comercial”, “ya nadie tiene buena ortografía”, “los jóvenes de hoy en día (insertar queja ridícula)”... en definitiva, un conjunto de lecturas de la realidad cuya torpeza contribuye al problema trivial que se quiere combatir.

En varios artículos daré respuesta al lamento del intelectual nostálgico que desafortunadamente hace eco en un público pretencioso y clasista, un público aficionado a pensar que los demás no tienen ningún interés por la cultura. Hablaré de ciencia, cultura, artes, moral y lenguaje. Hoy hablaré del lenguaje.

Nuestras ideas y conversaciones cotidianas están llenas de errores, imprecisiones y prejuicios suficientemente vergonzosos. Creemos saber cómo funciona el mundo, tenemos más certezas que dudas. Y, con todo, cuando nos equivocamos aun en asuntos delicados nadie nos corrige con dureza. Despachamos la complejidad del mundo físico, de los intrincados procesos químicos y biológicos que ocurren a nuestro alrededor, con sabiduría popular, creencias prácticas y simplificaciones que serían inadmisibles en un entorno científico. Esto, aparte de ser inevitable, no es algo realmente grave; en un mundo utópico (es decir, en otro lugar, y aun espantoso en la posibilidad) todos conoceríamos los fundamentos de las ciencias y las artes; en este mundo no, y no importa. A pesar de todo, hay una disciplina que cuenta con pocos expertos, aun cuando eso no impide que un buen número de personas se tomen la molestia de corregir a los demás tan pronto como cometen un error.

Me refiero a la gramática. Es una de esas disciplinas en que todos se corrigen entre sí, en muchas ocasiones con grosería, a pesar de que, también, en muchas ocasiones no hay ningún error, quien corrige comete errores argumentativos o de fondo al corregir, o (en casi todos los casos) el error no es grave y no amerita tanto desgaste, tanta vehemencia. A la hora de corregir errores ajenos, los sabihondos de la gramática parecen hablar más de tradiciones y modales que de una ciencia; es como si conjugar mal un verbo fuese equivalente a hacer sonidos desagradables al comer, y no una imprecisión semejante a una operación matemática mal ejecutada.

Por ejemplo, incontables personas corrigen a otras cuando dicen “vaso de agua”, pese a que es correcto, y proponen con un argumento descabellado la frase “vaso con agua”. Siguen una lógica limitada según la cual la preposición de solo se usa para aludir al material de que está hecho algo. “El vaso no está hecho de agua”, dicen. Aplicando los mismos límites a la preposición con, dicen que esta sirve para expresar el contenido de un objeto (ignorando que no se usa cuando el objeto o recipiente está lleno de la sustancia nombrada). Algunos despistados corrigen la ausencia de tildes que por norma de acentuación no deben ir en ciertas palabras, como dio, vio, fue, ti, fe; la tilde en la o disyuntiva entre números, que es obsoleta (se escribía 2 ó 3); y, desde hace un par de años, algunos se aferran con nostalgia a tildes ya eliminadas, tildes que nunca debieron usarse, como las de los pronombres demostrativos (ese, este, aquel y sus variantes femeninas y plurales) y el adverbio solo. Muchas personas cultas y formadas, entre ellas Arturo Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española, mantienen ciertas tildes obsoletas, valiéndose de toda clase de argumentos que no tienen nada que ver con la morfología del español, sino que obedecen, por regla general, a un apego caprichoso a reglas anticuadas.

Y así llegamos al núcleo del asunto. Los errores gramaticales de personas cultas, la soberbia que suelen demostrar en sus correcciones, y el sesgo que aplican al pensar que casi nadie sabe expresarse bien, que la buena ortografía es cosa del pasado. Empecemos por la soberbia. A menos que se trate de una discusión etimológica erudita o una disputa sobre cuestiones del lenguaje realmente difíciles (morfología, irregularidades, parentescos lingüísticos, etc.), las correcciones cotidianas son muy simples. Tal palabra lleva tilde, aquella se escribe con zeta, aquel verbo se conjuga de este modo... ningún conocimiento humano es tan profundo para que su posesión justifique la soberbia ante quienes lo ignoran. Mucho menos cuando se trata de asuntos elementales como el si una palabra lleva ese o zeta, algo de fácil memorización. De ahí que la soberbia de quien corrige un error gramatical sea aun peor que la de quien corrige un error en materia científica o artística.

En las redes sociales vemos esta clase de soberbia en sus manifestaciones más absurdas. En Twitter, en una cuenta que en apariencia se dedica a enseñar ortografía, no se hace más que hablar de errores triviales, cometerlos, y divulgar filosofía barata de superación personal. Veamos este ejemplo:


Aquí hay un error muy frecuente en toda clase de hablantes del español: una desarmonía de número al incluirse o incluir a alguien en un conjunto de elementos que realizan una acción. Como el conjunto es plural, el verbo debe ir en plural también, así: “soy de esos que saben la diferencia entre hay, ahí y ay”. Como vemos, quien maneja esta cuenta se siente muy orgulloso de entender una diferencia gramatical trivial; en otro tuit dice pertenecer al 5% de hablantes (en realidad deben de ser muchos más) que conocen dicha diferencia. ¡Tremendo logro! Debemos felicitarlo, aunque su conocimiento no va muy lejos, pues, repito, cometió un error básico. Es hermoso ver al petulante cometer un error mientras corrige con desprecio errores ajenos o se jacta de saber algo elemental.

Otro error común entre hablantes cultos es la discordancia de número “cuando el pronombre átono de dativo concurre en la oración con el complemento indirecto preposicional”, usando el pronombre singular le en vez del plural les. Así describe el error la Real Academia Española. Es evidente que sus explicaciones están destinadas a un lector hábil con la gramática; de ahí que el asunto no quede muy claro solo con la descripción. En otras palabras, el error (conocido como “lesfobia”, por usar le en lugar de les) se da sobre todo cuando un sujeto singular realiza una acción que recae sobre un sujeto plural. Por ejemplo: casi todos dicen yo le di la plata a mis hermanos, en vez de yo les di la plata... (Pues hermanos es plural); o dígale a sus papás que le den permiso, en vez de dígales a sus papás... Y también échele agua a las matas, en lugar de écheles agua a las matas. Este error se halla tan difundido que hoy por hoy es muy difícil encontrar a alguien que no lo cometa.

Un último error que pasa desapercibido es el uso de adverbios de lugar con el posesivo tónico de los sustantivos para establecer un punto de referencia y la ubicación de una persona u objeto respecto de dicho punto. Esto queda aclarado con ejemplos. A menudo oímos decir hazte encima mío, la fila sigue detrás suyo. El error está en confundir la partícula de complemento preposicional del adverbio con la del complemento de posesión del sustantivo, que en estos casos son idénticas. El “de mí” en la frase encima de mí no significa que encima sea algo tangible ni que me pertenezca. Lo mismo aplica para el “de mí” en la frase detrás de mí. Por lo tanto, no se deben usar los posesivos (mío, tuyo, suyo, etc.) puesto que, aunque son idénticos en las frases modelo, no significan lo mismo. Las formas correctas son, entonces: encima de mí, detrás de mí, al frente de mí, debajo de mí, etc. Algunas construcciones sí admiten el posesivo átono antepuesto y por lo tanto como complemento: alrededor de mí = a mi alrededor = alrededor mío; al lado de ti = a tu lado = al lado tuyo.

Hay muchos errores simples de amplia difusión, incluso entre hablantes cultos. Nadie está exento de cometerlos. Haber leído obras clásicas no nos garantiza un conocimiento gramatical profundo. Sin embargo, eso no importa; es irrelevante, los errores gramaticales son triviales comparados con la cantidad de disparates que pensamos y comentamos sobre ciencias (por ejemplo, quienes no somos científicos), arte, condición humana, etc. No vale la pena armar un alboroto por una tilde o un verbo mal conjugado. A lo mejor quien corrige también comete varios errores, y puede tener la mala suerte de aquel usuario de Twitter, @0RTOGRAFIA, de cometer errores justo cuando se jacta con elitismo y clasismo de saber algo que le parece grandioso (y que en realidad es elemental). Por eso hago aquí una invitación a la humildad. Si usted sabe gramática, y tiene algo que enseñar, procure hacerlo con bonhomía; si le parece indispensable corregir errores ajenos, hágalo con gracia, con amabilidad, y, preferiblemente, en privado. Y recuerde, de paso, la cantidad de cosas que ignora en muchas otras áreas del conocimiento.

11 comentarios:

  1. Pero también creo que pese a la ignorancia titular de la mayoría de éstos intelectuales frente al aparatito con módem, con el cual acceder a pdfs, vídeos y cursos de toda clase, pese a que ignoran que desde siempre la cultura ha sido accesible, y que lo único que ha cambiado es su medio, creo que soñar con el pasado ya está en el gen hispano, quizá por influencias Españolas, quizá por el flujo del Petrarchismo en España, y de éste a los humanismos hispanoamericanos, y de ahí en adelante. Quizá, quizá...Y que soñar con el pasado, además de insoportable en su gesto de "educar", de anunciar utopías o, peor, de figurarse la utopía desde ya, ha sido y será una de las más fascinantes costumbres. ¿Quién no disfruta, más allá del contenido mierdoso, cliché y poco verídico que puedan tener ésos intelectuales melancólicos, gramáticos a la moda de los presidentes colombianos del siglo xlx?. A mí me han hecho reír, o envidiarles en secreto por, por ejemplo Coelho, cómo ganan dinero. Y cosa vacana, por mucho que traten de "enseñar" (en vano), le obligan a uno a aprender para desprenderse de todas sus inhibiciones. Kerouack escribió en su biografía que si no le hubieran puesto los clásicos Ingleses jamás se hubiera aburrido, y por tanto, motivado a leer Voyage au bout de la nuit. Así, la envidia a veces del intelectual fresco frente al intelectual melancólico también puede llegar a estímulo de contrariar. Por ejemplo, Jordi citaba la insistencia intelecto-melancólica del "El eclipse de la universidad", porque: "el estímulo fue leer con irritación, con incomodidad...También, por otro lado, un libro bastante entretenido, por sus exageraciones, por su buen estilo". Y usted, ahí está el ejemplo Constantino: éste cúmulo de opiniones suyas no se refiere más que al usuario del Twitter. Que, a su vez, supone múltiples usuarios y demás gentes así.

    De todos modos uno necesita ver de todo. No se puede uno contentar con lo verídico y tecnológico, pese a que yo, por ejemplo, disfrute mucho más viendo un edificio, o descargando mis cosas de Internet, que a los bullicios de "marginados" y auto-dolidos proclamando épocas de contornos espurios. En fin, que uno tiene la libertad -incómoda por cierto- de no vivir en su tiempo, que, en síntesis, se puede uno a escribir sobre los dolidos y melancólicos. "Porque de soberbios se hacen humildes y de humildes se hacen soberbios"-Seneca.

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  2. hola constantino. cuando después de "sino" va una oración con verbo, entonces se usa un "que" después del sino, cierto? bueno, gracias.

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  3. "...ningún conocimiento humano es tan profundo para que su posesión justifique la soberbia ante quienes lo ignoran."
    Señora Uribe, su texto y los trinos que le he leído me han hecho concluir que hay que seguir leyendo (Yo amo la lectura. ¿Hay alguna manera más compleja de decirlo para que no suene tan simplista? No se me ocurrió ninguna.) y que soy tan inconmensurablemente ignorante que mejor no debería decir absolutamente nada nunca de ningún asunto. Y cerrar la cuenta de Twitter también, para qué seguir diciendo sandeces mal estructuradas, falacias, argumentos débiles, etcétera.
    Gracias.

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    1. Fue Constantino el que escribió este texto, señor o señora Anonymus del 19 de abril de 2014.

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  4. Ese problema de la hipercorrección data de la enseñanza en la escuela. Nos enseñan a ser perfectos ortográficamente y creemos que eso debe aplicarse para todos los contextos. Lo importante es saber distinguir los estilos: para la escritura formal está la ortografía normativa, para la escritura informal podemos hablar como se nos dé la gana.

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  5. Lo peor es que esa cuenta que tanto se jacta (me aburrió y dejé de seguirla de inmediato) ni siquiera responde. Una vez tenía una duda sobre cierta palabra, nunca me respondió. Estoy segura que es un pinche bot. Buen escrito señor.

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  6. Acabo de ver una correción que hizo con la frase: "Desperdicié la juventud pidiéndoselos a las que no eran". ¿Por qué "pidiéndoselo"?

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    1. Porque ahí la concordancia se establece a partir de lo que se ha pedido (sexo, que es una sola cosa, singular) y no el número de personas (plural) a quienes se lo ha pedido. Es como cuando alguien dice "se los dije" o "se los advertí" a varias personas, cuando lo dicho y la advertencia son solo una cosa. Saludos.

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