viernes, 13 de abril de 2012

Mala prensa

Es penoso decirlo, pero los diarios colombianos de mayor circulación, El Tiempo y El Espectador, están plagados de errores gramaticales. Hace mucho tiempo que no leo un artículo pulcro donde se note el empeño por expresarse con claridad, brevedad y eficacia. Lo mismo digo de las columnas de opinión, escritas al descuido, como por desembarazarse de una o dos impresiones, despachar dos o tres insultos, y nada más. Las noticias figuran bajo titulares desinformativos a fin de picar el morbo en los lectores e incitarlos a leer. Semejante artimaña siempre ha integrado el repertorio periodístico, pero cada día se parece más al spam que explota las inseguridades, debilidades y fantasías de los consumidores. A esto se añade el afán de tener una primicia, que resulta en una redacción deplorable, y hasta irrespetuosa.
Es inevitable pensar: si publican sus artículos con tal afán que no los someten a un humilde corrector ortográfico, ¿revisan acaso la fiabilidad de las fuentes, la veracidad del contenido, el sano criterio de su postura? ¿Y qué pensar del columnista que escribe sin cuidar la gramática, pero, eso sí, con la habitual virulencia? ¿Se toma en serio su trabajo? ¿Tiene un verdadero compromiso con su tarea de plantear un debate crítico, o neciamente se toma el asunto como un encargo cualquiera? A todas estas preguntas opongo un no rotundo: no, por regla general en los diarios se copia contenido de otras agencias de noticias, se expenden verdades a medias y mentiras descaradas, se escribe sin mayor criterio, y no, los columnistas no suelen tomarse en serio su trabajo, solo se deshacen de su opinión –que no es por definición más válida que la suya ni la mía, pues es eso, una opinión– sobre el tema del momento y, eso sí, tienen industria en indignar más al indignado, bien sea calumniando, quejándose o insultando. 
Repasemos los foros de estos diarios y preguntémonos sinceramente si los comentaristas no son apenas una extensión más de esa mezcla grotesca de propaganda, calumnia y mentira; si no es evidente que han pasado un buen tiempo leyendo dichos diarios, convirtiendo su mente en un cajón de sastre orientado a la discordia, intolerante, ramplón y ansioso por atraer atención. Es indudable, El Tiempo y El Espectador tienen la ralea de opinantes que merecen. No todo es malo, aclaro, ni “todo tiempo pasado fuera mejor”, no. El periodismo es y ha sido así, una profesión chabacana, casi vergonzosa. De ella emergen de vez en cuando figuras elocuentes y sensatas, capaces de aportar algo de interés, pero lo hacen pese a su labor periodística. 
Quienes me han leído saben que no considero graves las faltas gramaticales. Por lo menos no cuando se trata del hablante promedio: ¿cómo vamos a exigirle que se exprese bien cuando en los medios la expresión correcta es rarísima? Es a ellos, a los medios de comunicación, a quienes debemos exigirles un cuidado mínimo del lenguaje. Un cuidado mínimo, como, por ejemplo, no decirle burgomaestre al alcalde de ninguna ciudad colombiana. Les he repetido hasta el cansancio a los señores de El Espectador que Gustavo Petro es el alcalde de Bogotá, no un burgomaestre, puesto que no estamos en Alemania, sino en Colombia, y Bogotá no es Hamburgo. Pero, ¿cómo llegan ciertos periodistas profesionales a llamar burgomaestre a un alcalde colombiano? Siendo alcalde una palabra corta, habitual y sensata, ¿cómo? No queda más que suponer un afán de pomposidad harto ridículo por parte de los redactores de El Espectador. Así les pese, les recuerdo que deben llamar alcalde a Gustavo Petro, o publicar todos sus artículos en alemán y contarle al público alemán los desaciertos de Herr Bürgermeister Gustav Peter.
¿Llegará nuestro mensaje hasta los diarios? ¿Empezarán a escribir decentemente? Lo dudo. Hace un par de meses –cuento esto como anécdota– le pedí a mi amiga Estefanía Uribe que les escribiera a los encargados del Diccionario de la RAE, con el propósito de que corrigieran un error en su diccionario. Le respondieron con excesiva pompa que no había ningún error. Más tarde les escribí y señalé muy puntualmente el error, con la sospecha de estar dirigiéndome a unos señores bastante mongoloides. No respondieron. Si la suma autoridad en el uso de la lengua no tiene ningún interés en atenerse a sus propias normas, ¿lo tendrán dos periódicos tropicales, dos pasquines groseros y mendaces?

4 comentarios:

  1. Aclaro que no me indigno ante la ramplonería de esos periódicos, ni se me forma un nudo en la garganta de pura impotencia. Creo que es obvio que solo quiero burlarme de ellos, y esto es lícito siempre y cuando se haya evitado toda la solemnidad que nos seduce a poner un grito en el cielo porque ¡horror! Ya nadie sabe escribir un simple párrafo sin errores. Un simple párrafo.

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  2. No por una mayor circulación aumente la incidencia de gazapos idiomáticos - un eufemismo para las burradas que son - mire Ud. El colombiano para que le parezca que leer El Tiempo o El Espectador es español puro.

    Ni que decir de la forma como titula sus noticias El Colombiano, ejemplo de cómo no hacerlo.

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  3. Debiste haber enlazado la definición del diccionario:
    "burgomaestre.
    (Del al. Bürgermeister, alcalde).
    1. m. Primer magistrado municipal de algunas ciudades de Alemania, los Países Bajos, Suiza, etc."

    En fin, el Proyecto Lengua, en primer lugar, deberá dedicarse a promover el uso exhaustivo del diccionario de la RAE, así ellos no nos hagan caso.

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  4. Bueno, usted entenderá que los señores del Espectador no cuadran bien un sistema gráfico y la columna toda, con foto y texto, se pone invertebrada como el mismo sentido que se le quiere dar cuando se dan términos germanos, bien dijo, harto superfluos y pomposos. Parecen Gargantuas sin media de cerebro. Pero me choca que fanatice al periodismo, ¿O es Capote mal periodista?, me parece entonces que no ha sido un oficio donde "el periodismo es y ha sido así, una profesión chabacana, casi vergonzosa.". Aunque sí lo ha sido y lo es el de rábula de folleto que es usual en el Espectador y el Tiempo: y los que tenéis ortografía, oh mirad, mirad nada más a William Ospina!

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